
El susurro de la serpiente
El susurro de la serpiente revela continuidades entre lo humano y lo natural. Su origen es barro con rostro humano, materialidad de la tierra pasada por las manos y por la reproducción de los gestos a través de los dedos; amasando se susurra la vida.
La obra de Natalia Giraldo contiene los elementos que la naturaleza ofrece, arroja y dispone, como la sal que brota del fondo de la tierra y de las aguas, referencia ritual y sacra con la que la artista da forma a animales sagrados, animales de selva y de montaña, animales de mar y río que son un eslabón mítico entre la naturaleza y lo humano, animales de poder aniquilados por un sistema depredador, casi llevados al exterminio, pero que la obra trae a la vida en un ritualismo vital que invoca el sustrato salvaje que habita en toda mente humana para reestablecer el lugar de la vida y ganarle a las formas de mortandad que impone el patriarcado. Traerlos a la vida supone la recreación de tejidos hexagonales de sal, alimentados con la luz del sol y cuyas partículas vivas traen respiración y movimiento.
Por el paso de la espiral se da lugar a la esquelética huella vegetal que nos recuerda que estamos hechas de lo mismo que una hoja; vida ramificada adentro y afuera de nuestros cuerpos. Extensiones de ese impulso –soplo–, polvo primigenio que la artista hace aparecer con el rojo sagrado del achiote, síntesis de la naturaleza de nuestra cultura, que sirve para comer, para vestir, para adornar, para trazar la línea continua entre raíz y ramas, entre lo que es arriba y es abajo.
En el centro cíclico reposan las cabezas que vuelven al origen material, el barro, ahora encarnado en serpientes, símbolo repetido de la regeneración y las mudanzas, cambios desde un origen natural, material y espiritual que cosen los hilos rotos del gran tejido de la vida. Que hoy, una vez más, nos dice que es posible a través de la creación artística.
Elizabeth Giraldo
Historiadora