La generación que creció en los años 60 en Colombia tiene aún el vago recuerdo de un señor extravagante, que vivía en una casa que parecía un barco, al que los poetas, los científicos y los políticos reconocían como un verdadero sabio. Enrique Uribe White fue para el país de mediados de siglo XX una de sus figuras públicas más inusuales. Un intrépido ingeniero. Un erudito traductor. Un sabio astrónomo. Un navegante pionero. Un publicista autodidacta. Un editor exquisito. Un obsesivo historiador del arte. Una temprana celebridad de la televisión nacional…
White, en ocasiones hermético, a veces polémico, casi siempre insubordinado de las etiquetas y guiado únicamente por “el imperio de su voluntad”, como dijo Germán Arciniegas alguna vez sobre él, tuvo la fortuna de poder hacer, de poder probar, de poder ensayar en vida todo cuanto quiso. Luego de que Enrique muriera a sus ochenta y cinco años, fue Belisario Betancur quien le asignó el epíteto de “Hombre del Renacimiento”. Un elogio presidencial que respondía a una vida marcada por el asombro y la curiosidad inagotable. No obstante, a esos largos listados de actividades que llevó a cabo este singular personaje se suma hoy un nuevo oficio.
A mediados del 2024, el colectivo Imágenes de Segunda Mano dio con un lote de 44 carretes de película en 16 mm, compuesto de cortometrajes documentales, ensayos visuales, registros domésticos, out takes y descartes. Todo este material, encontrado en un armario que comenzaba a oler a vinagre, había sido filmado en su totalidad por el polifacético intelectual vallecaucano Enrique Uribe White.
Pasado por alto por sus biógrafos y amigos, por la prensa, por los obituarios, ya sea omitido adrede, o quizá solo ignorado por muchos, sabemos ahora que durante casi veinte años White filmó a Colombia con dedicación y, dentro de ese lote inédito de películas que nos dejó, se han venido revelando, en brillantes colores de Kodachrome, distintas caras de una nación. El archivo redescubierto de Uribe White es amplio, diverso, ambicioso; es un cuerpo de películas que cubre el centro y la periferia, los Andes y el Caribe, el Valle del Cauca y el remoto Pacífico, lo familiar y lo desconocido. Son películas sobre personalidades de la cultura, sobre viajes y excursiones, sobre hobbies y trabajos, sobre eventos privados y sucesos públicos.
El hallazgo del cine de Enrique Uribe White fue un encuentro azaroso con el pasado. El acervo, con más de ochenta años de antiguedad, de manera inusual y privilegiada, se mantuvo casi intacto al inclemente paso del tiempo. Las películas, que se encontraron en sus cajas y latas, etiquetadas y acompañadas por anotaciones y listas de planos, revelan la fascinación secreta de un hombre por el cine y expresan una clara intención autoral.
La obra de White es una exploración experimental temprana, llevada a cabo por un autodenominado “peliculero aficionado”, un amante del arte, la ciencia y sus posibilidades. No es conocido por su cine, pero sin duda es aquello que hizo con menor pretensión y mayor habilidad. Desde la intuición, el amor a sus amigos, al paisaje y a la belleza.
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En esta ocasión, el equipo de IDSM, en conjunto con el festival Cinemancia, han organizado una pequeña muestra. En esta exposición se presentan, por primera vez al público, los archivos privados, en conjunto con algunos objetos de Enrique Uribe White, que nos ayudan a comprender y dimensionar su labor como cineasta y su universo visual.
Inauguración este viernes 12 de septiembre a las 5:00 p. m. en nuestra sede Centro
