NÚMERO 135

 

La de esta edición fue una convocatoria feliz. Los escritores latinoamericanos –desde México hasta Argentina– que contactamos se mostraron absolutamente complacidos de esta invitación a escribir sobre las últimas dos décadas de su cine nacional. Queríamos hacer un diagnóstico local a partir de sus propias voces y por eso los necesitábamos. Todos conocían a Kinetoscopio y valoraron no solo el ser tenidos en cuenta, sino el hacer parte de una revista ya mítica dentro del contexto de las publicaciones de cine que se hacen en nuestro idioma y en este continente. Así pues, la puntualidad y la excelencia de los textos fue la norma: cada uno quiso lucir sus mejores galas ensayísticas y el resultado es este panorama de nuestro cine. Incompleto, sin duda (hubiéramos querido abarcar más países individuales, pero no fue posible por razones presupuestales), pero ilustrativo, definitivamente. Los paralelos que trazamos entre el cine mexicano, cubano, costarricense, colombiano, peruano, argentino y chileno muestran unas líneas conductoras comunes: temáticas, comerciales, de género y de taquilla, que se ven como rasgos compartidos –generados espontáneamente al interior de cada país– pero que reflejan a los demás. 

Aunque México, Brasil y Argentina dominan la producción, eso no significa que tengan en sus manos el control de una taquilla que es esquiva incluso en estos países de tanta tradición cinematográfica regional. 

Atraer a exhibidores y públicos e interesarlos con historias que les son propias sin generar desconfianza (heredada de décadas previas), es una asignatura pendiente y compleja, más en estos tiempos de plataformas de streaming que estandarizan lo que el público ve.

Que Tengo sueños eléctricos (2022), de la costarricense Valentina Maurel, haga parte de la programación de MUBI es una excepción que no debería serlo. Nuestras historias deben tener más tiempo en pantalla y más apoyo de estas multinacionales, que muchas veces usan el talento local –directores y guionistas– para su propio beneficio, llevándoselos para el extranjero a hacer carrera allá.

Ya que mencioné a una realizadora “tica”, esto me sirve de entradilla para resaltar, en cada país invitado a esta edición, la bienvenida presencia de múltiples productoras, guionistas y directoras de cine. Su labor ha renovado y llenado de energía el panorama cinematográfico; su mirada incluyente y su voz contundente se han impuesto sobre dogmas patriarcales, permitiendo ventilar temas y formas de ver el mundo que les son muy propias.

Su sensibilidad y su inteligencia son, de lejos, virtudes a imitar por sus colegas masculinos. Estas mujeres hacen parte de esa renovación generacional también imparable en estas dos primeras dos décadas del siglo XXI, y era importante para nosotros saber cuáles son esos artistas que están surgiendo en cada país, qué vanguardias se están gestando, qué tan periférico es el cine que se hace desde la periferia misma. 

Por todo esto existe esta edición de Kinetoscopio que están ustedes a punto de leer, como abrazando con ello a esos coterráneos latinoamericanos con los que tantos anhelos compartimos. Feliz lectura.

— El editor