
Partituras para un paisaje
Gustavo Sorzano y el arte como participación
Mayo 23 – Junio 20
Gustavo Sorzano (Bucaramanga, 1945) es uno de los secretos mejor guardados del arte conceptual en Colombia, en cuya incipiente historia hasta hace muy poco ni siquiera se le mencionaba. Formado en la Universidad de Cornell (Nueva York) en la década de los 60, bebió sin mesura del inédito coctel que allí se fraguó entre arte, tecnología, arquitectura, música, experimentación temporal, espacial, mental, plástica. Entonces, no sólo fue el espectador más entusiasta y embriagado, sino también agente de la bomba que estaba removiendo cerebros, percepciones, categorías, sensibilidades, certezas, estereotipos. Asistente del creador del sintetizador electrónico, Richard Moog, fue el primero en experimentarlo en el país cuando regresa a finales de la década de los 60.
Desde entonces, a nivel local, siguió lanzando cocteles explosivos. Moduló osciladores, “preparó” pianos, atravesó la arquitectura con el sonido, rompió la barrera entre los géneros artísticos, y entre estos y la vida. Abrió la obra a la participación, a la autoría colectiva, atacó su condición limitada de objeto. Él, más bien, la entendía y practicaba en su condición líquida, siempre inesperada, como un momentum, como una partitura mental: era apenas un plano, una notación de algo que todavía no existía, para que todos la construyeran antes de que de nuevo desapareciera. Acudió entonces, no a materiales renacentistas y sólidos como el lienzo y el óleo, sino a partituras leves, lúdicas, liberadoras. Ellas, en su serio y profundo juego, demolían siglos de representaciones y certezas.
Con su interés desaforado por llegar a la nuez del espíritu de su época, se acercaría muy pronto al lenguaje del siglo. Así, se convertiría en un copy, de los más talentosos del país, en la agencia Leo Burnett, donde le vería toda la potencia al entramado entre publicidad, diseño, gráfica, arte, medios, reproducción masiva, soportes industriales, juegos del lenguaje. Gran anatema, tanto para los puristas del cubo blanco, para los comercializadores del arte que después de una exposición suya no tenían nada qué vender, como para los artistas de la izquierda que no le perdonaron sus coqueteos con el imperio. Sin embargo, aunque adoraría la imagen mediática, hasta disolverse en ella en diferentes acciones, también la socavaría.
Sorzano hizo mucho ruido en espacios de arte, galerías, salones nacionales. En su ruta iconoclasta se acercó también a Medellín en eventos emblemáticos como el III Salón DELIMA, de la Galería La Oficina de Alberto Sierra (donde se cruzó con Óscar Jaramillo y Marta Elena Vélez, entre otros), el VI Salón de Artistas Contemporáneos Colombianos de la Universidad de Antioquia (donde en 1972, en una conjunción de planetas locos, se rozaría con Adolfo Bernal, sin que ninguno de los dos se diera cuenta). También participó en un evento de “no participación” de la III Bienal de Medellín a la que, por supuesto, no asistió.
Finalmente, todo el ruido que nuestro personaje hizo entonces solo pareció ruido. La escena y el sistema de las artes locales no estaban preparados para su libertad desenfadada. La crítica y los colegas lo tildaron de “mico, payaso, mamagallista” y, en Medellín, sencillamente de “indigerible”. A él le importó un comino. Andaba ocupado viviendo. Miró para dentro, se sicoanalizó, respiró. Se fue a vivir a una utopía húmeda y verde situada a la orilla del lago sagrado de los muiscas durante tres décadas. Fueron sus años más felices. El paisaje ya no era apenas partitura, sino espectacularmente paisaje. Cuando salió del bosque, aunque a él le seguía importando el mismo comino, su secreto empezaba a dejar de serlo. Historiadores, curadores, galerías, lo estaban volviendo a poner en el radar. Es que ya había oídos para su ruido.
La muestra “Partituras para un paisaje”, que se realizará en la Sala Paul Bardwell del Colombo Americano, (50 años después de su primera exposición individual en la Galería Belarca de Bogotá), se abre ahora como uno de estos nuevos oídos. Más que una exposición de clavo y pared, aspira a ser contagiada de su espíritu desenfadado, sus maneras rebeldes, sus intervenciones, su pasión por el milagro del instante, su curiosidad insaciable por las entrañas insondables de las imágenes, su cacería de lo azaroso, lo irrepetible, lo que aparece y desaparece. La invitada principal será, por supuesto Monalisa, no la de Leonardo, sino la gastada y vampirizada por nuestros deseos, ansiedades e intercambios durante los últimos siglos. Ella estará provocando las manos de los graffiteros de la ciudad, los lectores del periódico Universo Centro y de todos los asistentes a la sala, hasta volverse nuestra Monalisa. Un reconocimiento desde estos tiempos al primero que hizo mucho de lo que ahora todos hacemos. Gustavo Sorzano, el iconoclasta que se ha empeñado en no dejar de serlo.
Sol Astrid Giraldo, curadora
📍 Inauguración: viernes 23 de mayo a las 6:00 p. m. en la Galería de Arte Contemporáneo Paul Bardwell, sede Centro. Entrada libre.